Francisca Gaete y Germán Lyon se casaron a fines de los años noventa, en un momento en que Chile comenzaba a abrirse con más fuerza al mundo y las trayectorias personales empezaban a cambiar. Su matrimonio, organizado en pocos meses y marcado por una beca en el extranjero, refleja cómo para su generación el proyecto de pareja comenzaba a incorporar con naturalidad los estudios, la especialización y la movilidad. Entrevista realizada en Santiago, septiembre de 2025.

El siguiente relato es parte de la investigación para el libro Archivo Brügmann, el matrimonio en Chile; fotografías 1840-2026 editado junto a Amo Santiago y financiado por el Fondart del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

La beca llegó con fecha: agosto de 1999. Germán había postulado para ampliar sus estudios de enología en Francia y, cuando llegó la confirmación, nos dimos cuenta de que teníamos solo cuatro meses para organizarlo todo: el viaje, el matrimonio y también esa nueva vida fuera. Así que, entre papeleo, listas, despedidas y preparativos, la vida empezó a armarse en paralelo. Casarse e irse, casi como una misma cosa. Porque irse —en ese momento— no era solo cambiar de lugar, era abrir algo.

Sin darle muchas vueltas, fijaron la fecha cuando se pudo. Y así terminaron casándose un día jueves. Sí, día de semana. No era lo habitual, pero tampoco importaba tanto. Mientras lo papás de los novios se preguntaban “quien iría a un matrimonio un día de semana”, los jóvenes novios con tranquilidad contestaban: los que realmente quieran estar y acompañarnos.

En esos años, los matrimonios se planificaban con meses y hasta un año antes. Además, se celebraban los días viernes o sábados. Ellos hicieron lo contrario. Apostaron a que los suyos iban a estar igual y no se equivocaron. Las familias de ambos, grandes, achoclonadas, llenas de tíos, primos, hermanos y sobrinos, no les fallaron en presencia y tampoco en entusiasmo. Llegaron todos. Dos familias ruidosas, cercanas, de esas que ocupan espacio y se hacen notar. Se celebró, se bailó y la fiesta se alargó como si al día siguiente nadie tuviera que trabajar.

© Archivo Brügmann: Francisca Gaete y Germán Lyon apuraron sus planes de matrimonio porque él se ganó una beca en Francia. Organizaron todo en apenas 4 meses e hicieron la fiesta en la Casa Dieciocho, rodeados de la familia y amigos.

Francisca llevó un vestido tejido, hecho especialmente para ella, donde el trabajo con palillos finísimos iba dibujando puntadas y revés que le daban cuerpo, diseño y caída. No era un vestido tradicional, sino una pieza construida desde la artesanía. Sobre los hombros, un poncho livianísimo, casi como un encaje visto de lejos, reemplazaba el velo. No era un gesto casual. Como artista, ese vestido hablaba mucho de ella: del gusto por lo hecho a mano, por lo delicado, por esas cosas que se construyen con paciencia y detalle. Años después lo teñí de negro, cuenta entre risas. No lo guardé: lo transformé. Y, sin pensarlo mucho, ahí estaba también eso de cambiar, volver a usar… reutilizar, reciclar.

De alguna manera, todo esto tenía que ver también con el momento. Era fines del siglo XX, a las puertas del XXI, y empezaban a moverse varias cosas. Para muchos, la vida en pareja ya no se ordenaba solo en torno a la casa propia o a la estabilidad inmediata. Empezaban a aparecer otros proyectos: estudiar, especializarse, salir, moverse.Y en ese contexto, casarse no era quedarse. Era, más bien partir una aventura juntos.