Andrés y Pablo recordaron cómo la pandemia y la incertidumbre de los primeros años del COVID-19 los llevó a formalizar una relación construida durante más de 15 años juntos. Su historia entrelaza vida cotidiana, fe, familia y el deseo de consagrar públicamente un vínculo que hasta entonces había habitado, sobre todo, en el espacio íntimo. Entrevista realizada en Santiago, 2025.

El siguiente relato es parte de la investigación para el libro Archivo Brügmann, el matrimonio en Chile; fotografías 1840-2026 editado junto a Amo Santiago y financiado por el Fondart del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

Fue la pandemia la que finalmente nos llevó al matrimonio.

Llevábamos 15 años juntos y nunca habíamos sentido demasiada urgencia por formalizar nuestra relación. Teníamos nuestra casa, nuestro trabajo, nuestros amigos, una vida hecha entre los dos. Pero de pronto llegó el COVID-19 y todo cambió. No había vacunas, las calles estaban vacías, las noticias eran malas y pasaban semanas sin poder abrazar a nuestros padres.

Mientras afuera el mundo parecía detenerse, nosotros seguíamos trabajando. La tienda (la pareja es dueña de la tienda Larry), incluso, iba mejor que nunca. Recién habíamos abierto la página web y los pedidos comenzaron a multiplicarse. La gente compraba mucho; quizás por ansiedad, quizás por aburrimiento, quizás simplemente porque todos estábamos intentando hacer más llevadero el encierro. Y en medio de ese mundo extraño empezaron a aparecer preguntas que hasta entonces habíamos podido postergar: ¿qué pasaba si alguno de los dos se enfermaba?, ¿quién podía tomar decisiones por el otro?, ¿qué éramos, legalmente, después de 15 años de vida juntos?

Pero había también una inquietud más íntima. Nuestros padres estaban grandes. Nos conocían, nos querían, sabían de nuestra amistad y de nuestra cercanía, pero había una parte importante de nuestra vida que nunca habíamos terminado de conversar abiertamente con ellos. Y en un momento en que todos los días escuchábamos hablar de enfermedad y de muerte, empezó a hacerse difícil seguir dejando ciertas cosas para después. Queríamos que conocieran también esa parte de nosotros: que nos queríamos, que habíamos construido una vida como pareja y que, en medio de esos tiempos inciertos, comenzábamos a sentir que había llegado el momento de dar un paso más y formalizar nuestro compromiso.

Andrés había hablado un tiempo antes con su mamá, por teléfono. Pablo decidió hacerlo durante la pandemia y fue a ver a sus padres. No hubo grandes discursos, sino conversaciones familiares, de esas que uno demora años en tener. Después de eso tampoco hubo declaraciones solemnes ni grandes gestos. Más bien pequeñas señales, gestos cotidianos y una naturalidad nueva que poco a poco fue disipando los temores y haciendo sentir que el cariño seguía ahí, intacto.

Hasta que una tarde, mientras Andrés ordenaba la tienda, entró el papá de Pablo. Lo miró y, casi al pasar, le dijo:

—Somos parientes.

Y siguió la conversación.

Fue entonces cuando empezamos a pensar seriamente en casarnos. Queríamos algo pequeño, con nuestras familias y nuestros amigos más cercanos, pero había algo que para nosotros era fundamental: queríamos una bendición.

Los dos habíamos crecido en familias católicas y la fe había formado parte importante de nuestras vidas. Andrés incluso había sido seminarista durante cuatro años y Pablo había participado activamente en la pastoral juvenil. Con el tiempo también llegaron las preguntas, las distancias y algunas diferencias con la Iglesia, pero la fe nunca desapareció del todo. Por eso, más que una gran fiesta, queríamos un rito que tuviera sentido para nosotros.

© Archivo Brügmann: Una mesa con los retratos de abuelos y abuelas fallecidos, un coro religioso integrado por amigos y una escenografía excepcional formaron parte de la ceremonia de Pablo Guzmán y Andrés Blanco en 2021. En la imagen, los conocidos dueños de la tienda Larry aparecen acompañados por sus padres como padrinos, en la terraza del Castillo de las Majadas de Pirque, dando cuenta de cómo los ritos familiares también se adelantaron, muchas veces, al lenguaje de la ley.

Conseguir hora para el matrimonio civil en plena pandemia no era fácil. Finalmente salimos de Santiago y celebramos un Acuerdo de Unión Civil acompañados apenas por un par de amigos que hicieron de testigos. Fue sencillo, rápido, casi administrativo. Importante, por supuesto, pero sentíamos que todavía faltaba algo. De vuelta en Santiago nos acercamos a la Pastoral de la Diversidad Sexual y ahí pudimos organizar la ceremonia que realmente queríamos. No buscábamos inventar nada nuevo ni hacer algo excepcional. Al contrario: queríamos aquello que habíamos visto desde niños y que también formaba parte de nuestra historia. Un sacerdote, nuestros padres como padrinos, flores, argollas, lecturas, peticiones y música.

Los amigos de Andrés formaron el coro. Los hermanos prepararon las lecturas y las peticiones. Hubo nervios, abrazos, flores y, por supuesto, también hubo vals. El 11 de diciembre de 2021 dijimos que sí frente a un crucifijo, rodeados de nuestros padres, hermanos, hermanas, sobrinos y amigos más cercanos. Durante la ceremonia también quisimos hacer una petición por aquellas parejas homosexuales que todavía no podían vivir su fe y celebrar su unión de la misma manera. Después de 15 años juntos, de una pandemia, de muchas conversaciones y de un mundo entero que parecía haberse detenido, para nosotros casarnos terminó siendo algo bastante sencillo: poder decir delante de las personas que queríamos, y también delante de Dios, que esa vida que habíamos construido durante tantos años era nuestra familia.

Sobre una mesa quedaron las fotografías antiguas de nuestros abuelos y abuelas el día de sus propios matrimonios. Hombres de traje oscuro, mujeres vestidas de novia, parejas de otro tiempo que parecían acompañarnos desde esos retratos familiares. Esa imagen, junto a la de nuestros padres a nuestro lado, fue quizás lo más bonito de ese día: sentir que, de alguna manera, todos estaban ahí.