El siguiente relato es parte de la investigación para el libro Archivo Brügmann, el matrimonio en Chile; fotografías 1840-2026 editado junto a Amo Santiago y financiado por el Fondart del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

A comienzos de los años 60, Edmundo Pérez Yoma era un joven soltero que vivía en Iquique. Venía de pasar cuatro años estudiando en Estados Unidos y el regreso al norte chileno tenía algo de aterrizaje extraño. El puerto era todavía era una ciudad pequeña, muy lejano del Santiago donde estaban sus amigos, varios ya casados y formando familia. A sus casi 25 años se estaba quedando un poco al margen de todo lo que, mientras tanto, parecía avanzar rápido para el resto.

Fue también en este norte apartado donde recibió —sin saberlo— a sus futuros suegros. Le pidieron acompañar y pasear por la zona a un matrimonio que estaba de visita: los Vergara Larraín. Edmundo, cumpliendo el encargo hizo de guía turístico, recorriendo la ciudad y conversando con esta familia santiaguina que tenía varias hijas. En medio de la conversación preguntó por una de ellas, Delia Vergara Larraín, pero le contestaron que acababa de casarse. “No te preocupes”, le dijo la madre entre risas, “todavía tengo muchas más”.

Meses después, el destino hizo lo suyo. Una noche de Año Nuevo en Reñaca conoció en una fiesta a Paz Vergara Larraín. Hubo baile, conversación y algo lo dejó completamente desconcertado: ella era distinta, misteriosa, de pocas palabras. Fue un flechazo.

Al día siguiente, ya bastante enamorado de ese primer encuentro, la invitó a tomar té a un restorán frente al mar, pero ella se adelantó pidiendo erizos y una copa de vino blanco. Era la señal que necesitaba: ella, así tal cual, era la indicada. Y así comenzó esta historia a gran velocidad. Tres días después, viajaron a Algarrobo, debía conocer a la familia de su nueva polola. Apenas cruzaron la puerta, el padre lo reconoció de inmediato por aquel encuentro meses antes en Iquique y, sin mucho preámbulo, lo saludó llamándolo “yerno”. Lejos de asustarse, sintió que todo empezaba a encajar con una naturalidad sorprendente.

Ambos rondaban los 26 años, una edad que en esos años ya empezaba a sentirse algo tardía para seguir solteros. Poco después, él volvió a su trabajo en el norte y la relación continuó a la distancia, entre llamadas breves y conversaciones escuetas. “Un pololeo más bien silencioso”, recuerda él hasta que decidió pedirle matrimonio.

No hubo una pedida formal ante el suegro, sino una invitación al restorán de moda del momento: el Camino Real, arriba del cerro San Cristóbal. Linda vista sobre Santiago, ambiente romántico, buena comida. Todo estaba listo, excepto por un gran detalle: el anillo. Lo había mandado a hacer donde un joyero italiano que nunca terminó de darle demasiada confianza. Aun así, siguió adelante con el plan. La idea era simple: cenar tranquilos y que el joyero apareciera antes del postre con el anillo listo. Pero pasaban los minutos, llegaba la comida, se acercaba el postre y ni el joyero ni el anillo aparecían.

Empezaron los llamados telefónicos, las excusas, la tensión disimulada entre la mesa bien puesta y la vista preciosa de Santiago de noche. Él entraba y salía, nervioso, intentando mantener la sorpresa mientras todo empezaba lentamente a desarmarse. Finalmente no quedó otra opción: partir directo a la casa del joyero con la novia incluida. La escena terminó bastante menos romántica de lo imaginado. Entre nervios, algo de enojo y pocas explicaciones, terminaron retirando el anillo ahí mismo, ya sin demasiadas posibilidades de mantener el misterio. Pero la propuesta siguió adelante igual.

Se casaron el 12 de octubre de 1965 en la iglesia del Colegio Verbo Divino. Los casó monseñor Urzúa, padrino de bautizo del novio, en una ceremonia al mediodía. Después vino la fiesta en la casa de la novia, en el barrio El Golf. Amigos de los padres, amigos jóvenes y las familias numerosas de ambos llenaron la celebración. Se bailó vals, se tiró el ramo y no hubo mucho más de cien invitados.

Tan accidentada como había sido la historia del anillo, lo fue también la luna de miel. Se supondría sería un viaje de casi un mes por Ciudad de México y Acapulco, una mezcla de descanso, aventura y comienzo de vida juntos. Pero en medio de un paseo en lancha mar adentro, el motor explotó y la lancha naufragó. Como pudieron volvieron nadando a la orilla, entre susto, quemaduras y confusión.

Tal como había sido toda esta historia -rápida, inesperada y siempre un poco fuera de lo común-, terminaron adelantando el regreso a Chile. Y fue ahí, en cama, guardando reposo juntos donde la soledad de Iquique, las breves palabras del pololeo silencioso y las llamadas a larga distancia comenzaron a desparecer. Como dice Edmundo, “fue ahí donde finalmente nos conocimos”.

Edmundo Pérez Yoma, empresario y figura política chilena, se casó con Paz Vergara Larraín en 1965, en pleno Chile de los años sesenta. Su historia estuvo marcada por el humor, las coincidencias y una vida compartida que, al momento de dar esta entrevista, coincidía con la celebración de sus sesenta años de matrimonio. Entrevista realizada en Santiago, 2025.