El siguiente relato es parte de la investigación para el libro Archivo Brügmann, el matrimonio en Chile; fotografías 1840-2026 editado junto a Amo Santiago y financiado por el Fondart del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

Diez días antes de casarse decidieron dejar de verse. No por enojo ni por superstición, sino para concentrarse —como nos cuenta uno de sus hijos— en el misterio del sacramento del matrimonio. Querían llegar al altar con la sensación de estar entrando en algo mayor que ellos mismos. Así, durante más de una semana, no se hablaron ni se encontraron. Y cuando finalmente volvieron a verse, fue en la iglesia: Carmen de blanco, con un velo largo y una gran cruz sobre el pecho; Claudio esperando junto al altar, todavía con algo del joven inmigrante italiano recién llegado y algo también del artista que, sin saberlo aún, terminaría convirtiéndose en una figura central de la cultura chilena.

Se casaron en abril de 1955, en una iglesia del barrio Los Obispos, en Providencia, ese pequeño conjunto de calles silenciosas llamado el “Vaticano chico”. No hubo gran banquete ni salón elegante. Después de la ceremonia organizaron un desayuno en el salón parroquial: café con leche, pan, conversación cruzada y una mezcla humana difícil de imaginar en el Chile todavía rígido de mediados de siglo.

Porque hasta la iglesia llegaron dos micros completas desde la población San Manuel. Venían familias enteras, niños, pobladores y voluntarios con quienes los novios trabajaban desde hacía años. Bajaban vestidos con su mejor ropa de domingo, entre algo de solemnidad y algo de excursión colectiva. Al mismo tiempo aparecían las tías Quesney, impecables, con tacos, cartera y perfumes intensos, avanzando entre saludos y abrazos; y los parientes italianos de Claudio, ruidosos, expresivos, todos hablando al mismo tiempo. La escena tenía algo de película neorrealista y algo de comedia familiar: el salón parroquial lleno, las mesas apretadas, los niños corriendo entre las piernas de monjas y señoras elegantes, mientras el novio artista servía café con leche en mangas de camisa.

La historia de ambos había comenzado precisamente en un lugar muy distinto a ese Providencia ordenado. Se conocieron trabajando en la población San Manuel, en medio de encuentros de reflexión cristiana y labores sociales. Carmen era trabajadora social y estaba profundamente comprometida con el mundo popular y con la espiritualidad carmelita. Claudio, en cambio, había llegado desde Italia a fines de los años cuarenta. Era hijo del destacado artista Giulio Di Girolamo Antonuzzi y descendiente de una familia donde el arte parecía respirarse como una segunda lengua. Pero en esos años todavía era apenas un joven inmigrante que buscaba abrirse camino en Chile.

Más que desde la teoría, Claudio se integró a ese mundo desde la práctica: construyendo, ayudando, organizando actividades, conversando largamente sobre fe y comunidad. Mucho trabajo manual, mucha vida compartida. Fue ahí donde se encontraron.

Ella tenía siete años más que él, llevaba el pelo corto y era profesional en una época en que eso todavía descolocaba a muchos. Tenía una personalidad firme, moderna, poco convencional. Él, además de artista y extranjero, estaba pololeando cuando la conoció. Pero la sintonía entre ambos fue inmediata. Los unía una misma manera de mirar la fe, la justicia social y la vida cotidiana. Antes de un año, el antiguo noviazgo de Claudio había quedado atrás y ellos comenzaban a organizar, con la misma sencillez con que vivían todo, su matrimonio.

Archivo Brügmann

Archivo Brügmann

Los casó monseñor Sebastiano Baggio, cercano también a la familia Di Girolamo. Y aunque la ceremonia fue sobria, la unión de Carmen y Claudio terminó representando algo mucho más amplio: el encuentro entre mundos que rara vez se cruzaban en el Chile de entonces. La familia tradicional chilena, los inmigrantes italianos, el mundo artístico y la vida comunitaria de las poblaciones convivieron ese día bajo el mismo techo parroquial.

La espiritualidad marcaría toda su vida en común. Carmen mantuvo siempre una fe intensa y cotidiana, de misa diaria y disciplina interior. Claudio, por su parte, adoptó durante años una forma de vida austera, casi monacal por momentos: dejo los trajes por camisas y pantalones de mezclilla, trabajo constante, oración compartida y una profunda vocación comunitaria. Su matrimonio se construyó alrededor de la fe, pero también del servicio, del arte y de la familia.

Vivieron juntos más de sesenta años. Una vida larga, atravesada por proyectos culturales, trabajo social, hijos, nietos y una permanente preocupación por los otros. En ellos, el matrimonio parecía menos una institución solemne que una forma concreta de habitar el mundo: con sentido espiritual, con trabajo compartido y con la convicción —muy de ambos— de que el amor debía expresarse siempre hacia afuera.

Francesco Di Girolamo, hijo mayor de Carmen Quesney y Claudio Di Girolamo, recordó las historias que sus padres contaban sobre su matrimonio y sus años de trabajo en la población San Manuel. Entrevista realizada en Santiago, octubre de 2025.