El matrimonio Latorre Illanes vivió sus primeros años de matrimonio en Brasil y luego regresó a Chile, donde desarrollaron su vida familiar. Tuvieron tres hijos y, con los años, una familia que siguió creciendo con varios nietos. Al momento de esta entrevista el año 2025, llevaban 52 años de matrimonio.

El siguiente relato es parte de la investigación para el libro Archivo Brügmann, el matrimonio en Chile; fotografías 1840-2026 editado junto a Amo Santiago y financiado por el Fondart del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

A comienzos de los años setenta Margarita Illanes vivía en Buenos Aires. Llevaba ya un tiempo trabajando allá, en una ciudad que, comparada con el Santiago de esos años, le parecía llena de movimiento. Tenía amigos, conocidos, iba a fiestas, malones y bailes, y disfrutaba de esa vida al otro lado de la cordillera.

Siempre había sido bien polola. Cuando conoció a Fernando Latorre incluso estaba de novia, a la distancia, con un extranjero. Pero uno de sus viajes a Santiago terminaría cambiando todos esos planes. Fue en su propia casa.

Esa noche había una fiesta. Ella no tenía ninguna intención de participar, solo quería descansar, pero una de sus hermanas insistió en que bajara, que no podía quedarse arriba mientras la casa estaba llena de gente. Finalmente cedió. Bajó a la fiesta y ahí estaba quien, sin siquiera imaginarlo, terminaría siendo su marido.

Se conocieron esa noche y todo ocurrió bastante rápido. El antiguo noviazgo con el extranjero quedó atrás y comenzó un pololeo hecho de viajes, despedidas y reencuentros con el que ahora era su pololo chileno. Ella seguía entre Buenos Aires y Santiago; Fernando vivía en Chile, pero también preparaba su partida. Eran los años 1971 y 1972 y para muchos jóvenes profesionales comenzar una vida acá se había vuelto difícil. La incertidumbre y las pocas posibilidades de proyectarse con tranquilidad hacían que muchos empezaran a mirar hacia afuera. Surgió entonces una oportunidad de trabajo en Brasil, y ese proyecto dejó de ser solamente suyo: poco a poco comenzó a transformarse en el futuro de ambos.

Así, del pololeo pasaron rápidamente al noviazgo y, casi al mismo tiempo, comenzaron a preparar dos cosas: el matrimonio y la partida.

La organización de la fiesta fue otra historia. En el Chile de 1973 conseguir ciertos productos podía requerir bastante más que ir simplemente a comprarlos. Había que preguntar, buscar, conseguir datos, recorrer ferias y acudir al mercado negro. Con los recursos familiares disponibles fueron armando, poco a poco, una fiesta en la casa. En paralelo surgía otro problema: el vestido.

Margarita siempre había sido creativa y muy hábil para imaginar cosas distintas, pero por entonces encontrar una tela para un vestido de novia no era sencillo. Buscó alternativas hasta que un día llegó a CEMA Chile, donde se vendían lindas manualidades hechas por mujeres de los centros de madres. Vio unos pequeños chales tejidos en lana blanca chilena, livianos y delicados, como los que se usaban para abrigar a una guagua. Los miró y pensó: ¡Ya tengo vestido de novia! Se casaba en pleno invierno y el tejido tenía algo especial. Así que, junto a su costurera, comenzó a imaginar cómo transformar aquellas piezas hechas a mano en un vestido de matrimonio.

© Archivo Brügmann: Margarita Illanes confeccionó su vestido de novia a partir de chales blancos de lana chilota que encontró en CEMA Chile, encargando el trabajo a la modista Chita Trujillo.

El resultado fue completamente distinto a lo habitual: un vestido blanco, abrigado pero liviano, de una textura suave y casi etérea. Los pequeños chales fueron unidos y trabajados hasta convertirse en una pieza única, muy distinta a cualquier vestido de novia tradicional.

El 1 de junio de 1973 finalmente se casaron. Como era la costumbre, la fiesta se celebró en la casa de la novia y su tía se encargó de preparar la comida con todo aquello que durante semanas habían logrado reunir. Hubo familia, amigos, comida, licor, conversación y baile. Afuera el país atravesaba meses cada vez más difíciles; adentro, por unas horas, se celebraba un matrimonio y el comienzo de una nueva vida.

La novia, alta y de una presencia que no pasaba inadvertida, llevó aquel vestido de lana blanca acompañado de unas flores en la cabeza y un rosario entre las manos. Lo que había comenzado como unos simples chales de guagua terminó convertido, gracias a su imaginación y a las manos de su costurera, en un vestido único. Una pieza textil que, sin proponérselo, terminó hablando también de esos años: hecho con lo que se podía encontrar, con manos chilenas y con mucha imaginación.

© Archivo Brügmann: En medio de la crisis política de 1973, la gran fiesta se abasteció comprando comida y licores en el mercado negro.