Anita Peñaloza, pintora, se casó con Hernán Marambio, arquitecto, a fines de los años noventa, en la antesala del nuevo siglo. Su relato deja ver cómo su generación empezaba a pensar el futuro de otro modo: valorando el trabajo, planificando la familia y dejando atrás algunos protocolos. Así, el matrimonio se transformaba en una celebración más libre y personalizada, reflejo de una mentalidad distinta a la de sus madres. Entrevista realizada en Santiago, septiembre 2025.
El siguiente relato es parte de la investigación para el libro Archivo Brügmann, el matrimonio en Chile; fotografías 1840-2026 editado junto a Amo Santiago y financiado por el Fondart del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.
Con un delfín de peluche arriba del auto llegué vestida de novia a mi matrimonio. Ese delfín, mi animal favorito, era también la prueba de que aún era una niña, una guagua, dando un paso enorme hacia la vida adulta. Tenía 22 años y, para 1997, casarse a esa edad no era algo tan habitual. Es que hacia comienzos del 2000 mi generación ya era distinta a la de nuestras mamás. Por esa época, la mayoría de nuestras amigas comenzaba a casarse una vez terminadas sus carreras o al empezar a trabajar, muy al contrario de lo que habían hecho ellas. Éramos parte de una nueva forma de ver la vida, donde la independencia económica, el desarrollo profesional, el número de hijos y la idea de una familia planificada empezaban a ser temas de reflexión y conversación entre los jóvenes.
Hernán tenía 7 años más que yo. Nos habíamos conocido en la universidad mientras yo estudiaba dibujo técnico y él era profesor. ¿Nos gustábamos? Yo creo que sí, pero no quisimos darnos cuenta. Más que mal, él era profesor y yo una alumna. Así que no pololeábamos ni salimos en esa época. Fue después, cuando yo ya había terminado mi carrera técnica, que era muy corta, que nos pusimos a pololear en el Cerro San Cristóbal, debajo de los pies de la Virgen. Fue un pololeo muy lindo, feliz y alegre, que rápidamente pasaría a ser un noviazgo. Si bien yo era chica, Hernán ya trabajaba, tenía más o menos armado su tema laboral y yo quería formar mi familia.
Por entonces, el barrio Bellavista era uno de los lugares de moda para salir en la noche. En la calle Chucre Manzur estaba la discoteque OZ: música fuerte, luces que no paraban y un aire bohemio que la convirtió en el epicentro de fiestas y conciertos de los noventa. Fue ahí, en el lugar menos romántico y más ruidoso, donde, después de apenas seis meses de pololeo, conversamos sobre lo que queríamos y soñábamos para el futuro. Entre el olor a cerveza, la música ensordecedora y el bullicio ambiente, decidimos que queríamos casarnos. Un tiempo después, el día de mi cumpleaños, salimos a comer y, con una excusa cualquiera, Hernán me llevó a su oficina. Abrió un cajón de su escritorio, sacó una cajita, se arrodilló y me entregó un anillo. Esa noche llegué a casa feliz, con mi “regalo de cumpleaños” brillando en la mano: un anillo de compromiso. Con la inocencia de mis 21 años entré a la pieza de mis papás y les conté emocionada: “¡Me hicieron el mejor regalo de cumpleaños, un anillo de compromiso!”. Ellos se quedaron en shock, sin palabras. Yo, dichosa, me fui a dormir como si nada, aunque ahora, con algo de risa, pienso en la sorpresa que fue para ellos y que, probablemente, esa noche no durmieron intentando digerir la noticia de que su “niña” se iba a casar.
Después de aquella noche no hubo largos meses de preparativos ni muchos protocolos: queríamos casarnos pronto, sin tantas vueltas. En una época en que lo común era planificar un matrimonio durante un año, hacer la famosa “postura de argollas” y cumplir con varias formalidades, nosotros decidimos saltarnos todo eso. No fue por rebeldía, sino porque la ilusión de empezar una vida juntos era más fuerte que cualquier tradición. Así, casi sin darnos cuenta, organizamos nuestro matrimonio. Y lo hicimos a nuestra manera: sencillo, alegre y lleno de las personas que realmente queríamos cerca. Más que un evento lleno de parientes lejanos o compromisos sociales, queríamos una fiesta familiar con los amigos de toda la vida que siempre acompañaron a mis papás y que, con entusiasmo, se pusieron en acción para ayudarnos. Recuerdo cómo las amigas de mi mamá aparecieron con ideas y datos: una para el vestido, otra que se encargó de las flores de la iglesia -que cortó con sus propias manos en su jardín de Isla de Maipo-, y otra que se ocupó del coro. Ellas fueron dando forma a los detalles de lo que sería nuestro gran día.
Mientras tanto, con mi papá seguíamos discutiendo la fecha. Él insistía en que nos lo tomáramos con calma y, cuando propusimos casarnos el 28 de diciembre, casi se le cayó el mundo: “¡Cómo se les ocurre! Ese día es de los Santos Inocentes y, además, con el calor que hace… yo con traje, imposible”, protestaba. La verdad es que en el fondo quería ganar un poco más de tiempo para asimilar todo, mientras yo ya había mandado a hacer los partes: simples, sobrios y sencillos, aunque no pude resistirme a darles un toque personal dibujando a mano, en cada uno, un delfín… mi animal favorito y el recordatorio de que, aunque me casara, seguía siendo un poco niña. Al final, ni los Santos Inocentes ni el calor lograron frenar nuestro entusiasmo: la fecha quedó fijada para los primeros días de enero, con o sin traje veraniego de mi papá. Ya sin mucho más que hacer, no le quedó más que sumarse de lleno. Consiguió la parroquia San Crescente Salvador, donde él había sido por años catequista. Esa pequeña iglesia neogótica blanca en la esquina de calle Salvador con Santa Isabel tenía un significado especial, porque de niña vivíamos cerca e íbamos siempre a misa ahí.

© Archivo Brügmann: La artista Anita Peñaloza se casó en 1997 con Hernán Marambio en la parroquia San Crecente en Providencia. Ninguno quedó conforme con las fotos del matrimonio, y su papá, Germán les pidió que se vistieran de novios al día siguiente, y les tomó personalmente nuevas fotos, que son las que ella más atesora. Luego se fueron de luna de miel a Buenos Aires en auto.
El 4 de enero de 1997, con 22 años, me casé feliz a las siete de la tarde. Tal como había advertido mi papá, el calor se hizo sentir, pero fue un día perfecto. Llegué de novia en un auto al que le saqué el clásico rosetón de novios y lo personalicé con mi peluche de delfín, y ahí, en la puerta de la iglesia, me instalé junto a mis papás, mis suegros y mi futuro marido para recibir, uno a uno, a los invitados. También en eso rompimos esquemas.
No fui la novia que entró a la iglesia tomada del brazo de su padre. En lugar de eso, iniciamos una procesión sencilla: primero entraron mis suegros, luego mis papás y finalmente nosotros, los novios, Hernán y yo, caminando juntos hacia el altar de esa parroquia blanca de mi infancia, la iglesia de mi barrio, que me había visto crecer. Fue un matrimonio distinto, más en nuestro estilo pero lleno de amigos de verdad y de esa familiaridad entrañable que lo hizo inolvidable.