Durante años, el disparo del cañón del cerro Santa Lucía marcó el mediodía en Santiago. Para conocer la historia de esta tradición, recreamos junto al armero Miguel Flores el recorrido que hacía diariamente entre la Municipalidad de Santiago y el cerro. En el trayecto nos contó sobre su vínculo con el cañonazo desde que era niño, los antiguos artilleros, la profesionalización de este oficio y sus esperanzas de que este hito capitalino vuelva antes de su jubilación.

*Fotografías de Claudio Olivares Medina

Minutos después de las 11 de la mañana, y con un cartucho de salva bajo el brazo, Miguel Flores recorría cada día las cinco cuadras que separan la Municipalidad de Santiago del cerro Santa Lucía.

Entre 2012 y 2019, junto a Eduardo Almarza, fue uno de los encargados de disparar el tradicional cañonazo de las 12, una costumbre que ha acompañado a Santiago desde el siglo XIX y que ha tenido distintas interrupciones a lo largo de su historia.

El pasado 27 de agosto, especialistas del Ejército, a solicitud de la Municipalidad de Santiago, realizaron pruebas técnicas para evaluar las condiciones para una eventual recuperación de este característico hito capitalino.

Mientras se definen los niveles de ruido y se ajustan las condiciones de su posible regreso, Miguel recuerda cómo era la rutina que, durante años, cumplió prácticamente a diario.

Miguel Flores, uno de los artilleros del cañonazo de las 12. Crédito de fotografía: Claudio Olivares Medina.

El camino hacia el cerro

—¿Cuánto se demoraban en llegar al Santa Lucía?
—Como 15 minutos. Había que estar sí o sí antes de las 12, de lunes a viernes, llueve o truene.

—¿Y si se enfermaba?
—Estaba Eduardo. Con él hacíamos turnos, también para las vacaciones. Él va a ser mi sucesor, porque yo estoy por jubilarme en un par de años.

—Y ya que se va a jubilar, ¿es importante para usted que vuelva la tradición?
—Sí. Espero dejarlo listo para que la gente que siga lo mantenga bien, que lo cuiden y que no se pierda, porque esta es una linda tradición para el país. Hay que aprovecharla.

 

Los hombres detrás del cañonazo

—¿Quiénes fueron los otros artilleros?
—Yo entré a la Municipalidad el año 86 y en ese tiempo estaba don Ramiro Bustos, un caballero bien elegante, de terno, un inspector municipal que estuvo como 25 años disparando el cañón. Después que él jubiló, llegó don Fermín Muñoz, que estuvo otros 20 años. Él era jardinero del cerro, luego inspector y cuando tenía vacaciones iba un jardinero cualquiera a disparar. En ese tiempo no había instrucción (militar) como ahora. Yo tuve instrucción en el Ejército, hice un curso y me dieron un diploma, estoy registrado como artillero.

Yo estuve harto tiempo acompañando a don Fermín, por él conocí el cañón. Por eso estar aquí es un buen recuerdo de él y de don Ramiro. Eran buenas personas y les estoy agradecido.

—¿Cómo se transformó usted en heredar esta tarea?
—En la Municipalidad hago compras de pedidos: materiales de oficina, de aseo, herramientas. Y entre todos esos pedidos estaba la compra de las salvas. Pedía las cotizaciones, las compraba e íbamos a buscarlas a FAMAE. También estaba la inscripción del cañón en la Dirección General de Movilización Nacional. Tras la jubilación de don Fermín y los trámites para hacer una mantención al cañón luego del terremoto de 2010, el director a cargo en ese momento me preguntó si podía ser artillero, le dije que bueno, ya que conocía el tema. Me pidieron un reemplazo y ahí con Eduardo hicimos el curso mientras reparaban el cañón (lo desarmaron, lo limpiaron y lo volvieron a armar) y para el 12 de febrero de 2012, aniversario de la Fundación de Santiago, pasamos a ser artilleros y ahí disparó el alcalde Zalaquett. Ese fue nuestro comienzo como cañoneros.

Las 12 en punto, ni un segundo antes ni uno después

—¿Se siente muy fuerte el cañonazo?
—Nosotros, aquí con las orejeras, no notamos mucho el disparo. Sentimos como un golpe en el pecho. Hay gente que se asusta, que ha gritado, que se ha tirado al suelo. Antiguamente las salvas era de más de 100 decibles, en ese tiempo no habían tantos edificios como ahora y el cañonazo se escuchaba hasta en Estación Central, pero ahora se están bajando los decibeles para no causar molestias a los vecinos.

—¿Cómo ajustaban los relojes para hacer el disparo de las 12 en el minuto exacto?
—Cuando salíamos de la oficina, solicitábamos al SHOA (Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada) la hora actual y la registrábamos en nuestro reloj de muñeca. Luego la cuadrábamos al llegar acá con el reloj que estaba en la pared y esperábamos el momento exacto para disparar el cañonazo. Así lo controlábamos todos los días.

Una vez en el torreón comenzaba una rutina que Miguel y Eduardo repetían cada jornada.

Primero abrían la ventana por donde asoma la boca del cañón y lo colocaban en posición. Luego instalaban el tope para evitar que retrocediera al manipularlo, retiraban el seguro y abrían la caja del cañón. Después introducían el cartucho de salva y dejaban el cañón preparado para el disparo. Con las orejeras puestas, sólo quedaba esperar.

—Nos poníamos en posición, pendientes del reloj, hasta que den las 12. Y cuando llegaba el momento, percutamos.

Después del disparo, comenzaba el procedimiento inverso: abrir la caja, retirar el cartucho y guardar los elementos utilizados.

—Y ahí volvíamos a la oficina a trabajar. Al día siguiente era nuevamente lo mismo.

—Para usted, en su papel de artillero, ¿cómo ve el posible regreso de esta tradición?
—Es bonito. Cuando niño, yo recuerdo que anduve en Santiago y escuchaba el cañonazo por los alrededores. Y yo decía: “Qué raro que en Santiago haya un cañonazo”. Y ahí después supe que era para dar las 12.

Nunca pensé que yo iba a estar aquí como artillero. Esto es bonito para mí, para mi familia, para mis hijos. Es bien entretenido. Yo creo que Eduardo debe sentir lo mismo, él es mi sucesor y cuando yo jubile tendrá que buscar a su compañero.

Así continuará la posta dejada antes por don Ramiro, don Fermín y en unos años, por don Miguel.

Miguel Flores durante el recorrido realizado para Amo Santiago el 14 de septiembre de 2026. Crédito de fotografía: Claudio Olivares Medina.

 


Dos cañones y una tragedia

La historia del cañonazo se remonta al siglo XIX. Tras la Independencia, comenzó a utilizarse uno de los cañones españoles que pertenecían al Fuerte Hidalgo y que se encontraba en la cumbre del Santa Lucía para anunciar el mediodía.

Su funcionamiento dependía inicialmente del efecto del sol sobre un lente de vidrio, un mecanismo que no funcionaba durante los días nublados. En esas ocasiones se recurría al dueño de una relojería ubicada en calle Huérfanos, frente al cerro, quien a las 12 en punto levantaba una bandera blanca como señal para efectuar el disparo. Curiosamente, la relojería se llamaba “El Cañonazo”.

La pieza de artillería, utilizada durante el período del gobernador español Francisco Casimiro Marcó del Pont (1815-1817), correspondía a un cañón de avancarga: tanto la carga de pólvora como el proyectil se introducían manualmente por la boca del arma.

Durante décadas fue utilizado con salvas de fogueo para anunciar las 12. La tradición tendría un trágico episodio en 1916, durante una celebración de Año Nuevo.

Según recuerda Miguel Flores:

“En esa época el artillero Juan Bautista Larenas disparaba el cañón todos los días, de lunes a domingo. Una noche de Año Nuevo vino aquí con su familia, hicieron un asadito en la terraza de abajo para esperar las 12 y, cuando llegó el momento, cargó el calibre y le echó doble pólvora para que sonara más fuerte. Al reventar el cañón quedó incrustado en la muralla y falleció”.

Posteriormente, la pieza de artillería fue reemplazada por un cañón de montaña de fabricación alemana Krupp, de 1910, que perteneció al Ejército de Chile.

—Se trajeron a los presos de ese entonces, desarmaron el cañón aquí y lo subieron y lo dejaron en la posición que está ahora, más resguardado —recuerda Miguel.

Una tradición con varias interrupciones

El cañonazo ha tenido distintos períodos de interrupción a lo largo de su historia.

En 1996, el entonces alcalde Jaime Ravinet suspendió temporalmente los disparos debido a los reclamos de vecinos. La tradición posteriormente regresó, aunque ya no todos los días, sino de lunes a viernes.

El terremoto de 2010 produjo derrumbes y fisuras en distintas construcciones del cerro, incluido el torreón que alberga el cañón. Esto significó un receso de dos años, período durante el cual se realizaron trabajos de restauración.

El cañonazo regresó en febrero de 2012, con motivo del aniversario de la fundación de Santiago, y se mantuvo hasta 2019, cuando dejó de realizarse tras el estallido social.