Te invitamos a leer el siguiente reportaje que es parte del proyecto Historias y recuerdos de locales comerciales de Santiago, una iniciativa financiada por el Fondo de Medios del Ministerio Secretaría General de Gobierno y el Consejo Regional de Santiago.

 * Entrevista: Paulina Cabrera Cortés / Fotografías de Claudio Olivares Medina.

Ingresar al local 23 de la Galería Edwards, en pleno centro de Santiago, es viajar en el tiempo. Específicamente a 1956, año en que el descendiente alemán Sergio Heise Fuenzalida instaló aquí su tienda de sellos postales, en una época en que la filatelia era uno de los hobbies favoritos entre los jóvenes.

Desde entonces, el lugar se mantiene prácticamente intacto. En sus vitrinas se ven —además de sellos— trenes, figuritas, monedas, billetes y juegos de antaño; y ya cruzando la puerta, el asombro se da por el cúmulos de álbumes, carpetas y recuerdos. Pareciera que nada tiene orden, pero Rosa Lara, coleccionista y experta, sabe perfectamente donde está cada cosa. Prueba de ello, es que durante el periodo en que estuvo enferma, repasaba desde su casa los recovecos del local, como un ancla para su recuperación.

Entre esos tesoros que guarda, muestra con orgullo una carpeta con postales coloreadas con escenas de Santiago y regiones; su colección de envoltorios de cajetillas de cigarros que llaman la atención por sus ilustraciones y la fotografía de su recordado Sergio, fallecido hace 14 años. “No fue sólo mi marido, él me enseñó todo sobre los sellos y eso se lo agradezco hasta hoy. Por eso tengo su retrato con flores, para que me cuide también”, dice.

Es consciente que hoy quedan pocos coleccionistas —“casi todos los grandes filatelistas han muerto”—, pero aun así mantiene la esperanza de que este pasatiempo renazca, especialmente en medio de una generación impaciente y sobre conectada a la tecnología. Ser coleccionista, asegura, es precisamente un antídoto: permite contemplar, conectar con personas y viajar con la imaginación.

—Rosa, ¿cómo llegó usted al Penique Negro?
Llegué siendo jovencita, de unos 18 años. Yo juntaba sellos con mi familia y vine a ofrecer “La maja desnuda” una serie de España. Ahí conocí a mi marido, Sergio. Yo le vendí esos sellos… y “pinchamos”. Desde entonces no nos separamos más.

—¿Cuándo fundó él la tienda?
Él la abrió en los años cincuenta, hace ya unos 70 años, mi hijita. Él era descendiente alemán, de la generación de migrantes que vino después de la guerra.

—¿Cómo era ese Santiago de entonces?
Muy distinto. Las micros subían por Ahumada y Bandera. Esta galería era elegante, había que hacer fila para arrendar un local. Era otro tiempo: con más respeto, más educación, la gente era muy amable.

—¿La tienda ha cambiado mucho?
No. Está igual. La hemos mantenido como detenida en el tiempo. Y me gusta así. Yo soy la única de este lado de la galería que queda viva de los antiguos locatarios. Ahora la mayoría de los locales están vacíos, pero yo creo que va a surgir otra vez, porque el centro es el centro.

—Usted conoció a muchísimas personas aquí. ¿Algún recuerdo que la haya marcado?
Muchos. Han pasado por aquí casi todos los Presidentes, porque todos tenían cultura filatélica. Don Jorge Alessandri, por ejemplo. Una vez lo saludé en la calle y me dio la mano y un beso, sencillo como él solo. También venía el almirante Merino, gran coleccionista de sellos de O’Higgins. Hasta los ministros de la Corte venían a buscar sellos para entretenerse. Y mucha gente del sur, periodistas como Julio Martínez, personajes que pasaban por el Café Santos, que estaba aquí abajo, usted comía y la atendían bien, pero por una modesta suma. Era todo muy lindo, me da nostalgia de pensar en esa época.

—¿Qué significa para usted coleccionar sellos?
Es una felicidad. Activa la mente, enseña historia, uno va conociendo países y culturas distintas. Los psicólogos debieran recomendarlo. Si yo naciera de nuevo, vendría a hacer lo mismo.

—¿Qué busca hoy la gente que viene?
Los que juntan sellos, siempre sellos. La historia del mundo en un papelito. Pero coleccionistas quedan pocos; la mayoría son personas mayores. También vienen muchas mujeres ahora, profesoras, gente de distintas comunas. Hay una señora viuda, que ya tiene hijos grandes, y está llenando todos los huequitos de su álbum y yo soy feliz cuando viene. Y me agradece, la vinculación que hay entre los filatelistas es muy grande.

—¿Y los jóvenes?
Los jóvenes están en el celular. Creen que con eso ya saben todo. Hacen el camino corto. No se detienen a mirar, a leer, a aprender.

—¿Ha visto tesoros llegar a sus manos?
Para nosotros todo tenía un valor. El que tenía algo bueno lo mostraba, y al que no tenía, lo ayudábamos. Era una comunidad muy linda, muy generosa.

—¿Cuál es el mayor desafío hoy para el Penique Negro?
Que la cultura se ha ido “a las pailas”. Todos se fueron al Persa a vender y comprar. Y en Santiago soy la única que va quedando. Por eso tengo miedo, miedo de que esto se termine.

—¿Su familia seguirá con el local?
Mi hijo duda. Él me acompaña, pero no sé si seguirá. Yo ya tengo 80 años, bien llevados, todavía me queda cuerda, pero sé que no llegaré a los 100 atendiendo aquí.

—¿Cómo recuerda a su esposo, don Sergio?
Con un cariño enorme. Él me enseñó todo. El Museo Histórico incluso hizo un cuadro de él, y lo tengo aquí para que me cuide. Éramos compañeros, socios, un equipo.

—¿Qué mensaje le daría a quienes podrían interesarse en coleccionar?
Que vuelvan a la calma, a mirar el mundo con tiempo. Los sellos enseñan paciencia, cultura, historia. Hacen felices a los niños, a los adultos mayores, a todos. Es un hobby tan bonito que usted siempre quiere ir experimentando y descubriendo cosas nuevas que a lo mejor nunca se le pasó por la mente decir, “voy a juntar esto”. La felicidad más grande para un coleccionista es adquirir un sello que no tiene.

—¿Qué le gustaría que la gente recuerde al conocer El Penique Negro?
Que es parte de la historia de Santiago. Que aquí se conversó, se aprendió, se compartió. Y que la filatelia une a las personas. Acá hay sellos, billetes, soldaditos, trenes, pero lo que más hay es amistad con la gente.

  • Dónde: Visita El Penique Negro en el local 23 de la Galería Edwards ubicada en Ahumada 312, Santiago.
  • Cuándo: La tienda abre de lunes a viernes entre 10.30 y 15.00 horas.
  • Síguelos en su cuenta de Instagram.

Entre los tesoros del Penique Negro se cuentan trenes de colección con sus respectivas vías y personajes. Fotografía de Claudio Olivares Medina. Noviembre 2025.

 

O’Higgins es el personaje que tiene más sellos tiene en Chile. Después de juntar todos los existentes, los coleccionistas van después por los ejemplares “fallados”, que salieron de imprenta con un error en el corte o en la impresión. Fotografía de Claudio Olivares Medina. Noviembre 2025.

 

El retrato de Sergio Heise ocupa un lugar importante de la vitrina, como un guardián del Penique Negro. Fotografía de Claudio Olivares Medina. Noviembre 2025.

 

El Penique Negro debe su nombre al primer sello postal de la historia, emitido por el Reino Unido. La tienda abre de lunes a viernes entre 10.30 y 15.00 horas. Fotografía de Claudio Olivares Medina. Noviembre 2025.