Te invitamos a leer el siguiente reportaje que es parte del proyecto Historias y recuerdos de locales comerciales de Santiago, una iniciativa financiada por el Fondo de Medios del Ministerio Secretaría General de Gobierno y el Consejo Regional de Santiago.

* Entrevista de Paulina Cabrera Cortés / Fotografías de Claudio Olivares Medina.

Es mediodía en Santiago y Carlos Vivar Machuca llega a calle Merced 345 para levantar la cortina y abrir su local de compra y venta de libros usados. Como es ya una costumbre, lo primero que hace es poner música, casi siempre la misma melodía: la Sinfonía de los Juguetes de Leopold Mozart, papá de Wolfgang Amadeus. “Recuerdo que, siendo muy niño, había una publicidad en la radio que usaba esta canción y desde ahí se me quedó” nos dice en medio de las columnas de libros antiguos, que por algunos rincones, llegan casi hasta el techo.

Estamos en la Librería El Cid Campeador, especializada en ejemplares raros, escasos y primeras ediciones de historia, viajes, literatura y poesía. Dentro de su colección —que supera los 50 mil libros— destaca un volumen encuadernado en cuero, con letras doradas, del poema El Cantar del Mio Cid: obra anónima que inmortaliza las hazañas de Rodrigo Díaz de Vivar, líder militar castellano de la Edad Media, conocido como el Cid Campeador.

El destino quiso que el apellido Vivar de Carlos coincidiera con el del protagonista de la gesta histórica, una señal que terminó por bautizar a la librería. “No hallaba qué nombre colocarle; jugué con eso y quedó El Cid. Era fácil de pronunciar y de recordar”, asegura.

—Carlos, cuéntenos primero cómo llega al mundo de los libros. ¿Vendía libros en la calle?
—No, en la calle no. Me hubiera gustado haber empezado así, en un persa, en el cachureo; tengo un poco ese complejo de no haber comenzado por ahí. Yo partí vendiendo libros en oficinas, y todo se dio producto de la crisis del año 82–83. Hubo que cambiar de carrera y pasarme al vespertino. Estaba casado, con una hija, y había que salir adelante.

Primero hice encuestas, y luego, por medio de un ex compañero de colegio, surgió la idea: “Carlos, vende libros”. Me dijo que tenía pasta para eso. Yo seguía estudiando en el Politécnico de la (Universidad de) Chile, y de ingeniería me cambié a la carrera de técnico universitario en computación. Cuando terminé, esto de los libros ya lo tenía desarrollado, y ahí se me abrió más espacio, más tiempo para dedicarme a esto.

—¿Siempre hubo libros en su casa?
—Sí. Mi papá al menos siempre llevaba el diario a la casa. Éramos de escasos recursos; mi papá era obrero. Nunca nos faltó, pero se vivió la cesantía un par de veces, así que la parte económica era un tema importante.

—¿Dónde creció?
—En el sector poniente de Santiago, en Barrancas, en la Población Roosevelt Pasaje 6, 1109, lo que hoy sería Cerro Navia. Yo sigo yendo a votar allá, no dejo mi barrio. Vivo en otro sector ahora, pero siempre vuelvo. Me trae muy buenos recuerdos de la niñez y la juventud. Fue una infancia preciosa.
Mi mamá era practicante; sabía poner inyecciones, hacer curaciones, lo hacía profesionalmente. En una población eso era muy importante. A veces cobraba y a veces no, porque había gente que no podía. Mi mamá gozaba de mucha popularidad en el sector. En ese tiempo vivíamos casi el límite urbano: más allá había campo, agricultura. Éramos rurales, apenas llegaba una micro.

—¿Su interés por los libros y la lectura viene desde niño?
—En el colegio fui buen alumno en castellano. Incluso gané un primer premio por un ensayo sobre la muerte de Arturo Prat. Después también me fui inclinando por las matemáticas y la física, con profesores extraordinarios. Ahí apareció mi lado técnico-científico, que me llevó a estudiar computación.

—¿Y cómo se cruza eso con el oficio de librero?
—El Politécnico reunía a gente que trabajaba de día y estudiaba de noche. Yo trabajaba haciendo encuestas y vendiendo libros. Me fui especializando en libros de derecho. Trabajé para una distribuidora y empecé a recorrer estudios jurídicos, juzgados. Ahí se dio algo muy bonito: los jueces y funcionarios me orientaban, me pedían libros, me guiaban en temas. Así fui aprendiendo, sin tener formación jurídica.

—¿Cuándo llega a este sector del centro?
—Yo llegué en 1986, al frente, donde está hoy la librería Pajarito de Papel. Este local donde estamos hoy, lo adquirí a fines de los años 90. Si hubiera sido arriendo, no habría sobrevivido, porque después de la remodelación del sector los precios subieron y muchas librerías de libros usados desaparecieron.
Este era un barrio muy intelectual, muy preferido por gente joven, pero cuando arreglaron las calles, le dieron este carácter de pequeño boulevard.

—¿Cuántos libros maneja hoy, aproximadamente?
—Entre 50 y 55 mil libros, la mayoría guardado en bodega. Y ha sido sufrido: esto se inunda de repente, hay mala mantención, trombos en las cañerías… He perdido muchos libros en la bodega, y no eran libros que no me sirvieran.

—¿Y el criterio de cómo selecciona los libros? ¿Cuál ha sido? Porque me imagino que llega gente ofreciendo colecciones, de gente que fallece, ¿cómo es eso?
—Antes colocaba avisos en el diario, iba al persa, al cachureo, compraba bibliotecas completas.  A veces algunas personas decían antes de fallecer, si los libros no los van a querer, véndaselos al Cid. Acá esos libros vuelven a tomar otro camino, y quedan en manos de alguien.

—¿Y hoy día qué tesoros tiene acá?
—Yo no hablo mucho del tesoro, en realidad todos mis libros son tesoros, porque de una u otra forma, de muchos de ellos me acuerdo a quién se los compré o en qué momento los adquirí. Me pasó el año pasado, que los herederos de un cliente mío que había fallecido, me vendieron su biblioteca y fue emocionante porque este cliente me compró libros desde los años 86, 87 en adelante y no les había borrado el precio que yo había escrito, y yo recompré mis libros nuevamente y fue increíble. Algunos me acordaba perfectamente, sabía que él los tenía, pero habían otros que ya no me acordaba.

—Dentro de la colección hay libros muy bien cuidados y antiguos
—Imagínese usted, libros del siglo XVI, XVII, siglo XVIII que se han salvado, que son de buenos materiales y que se conservan bastante bien.

—¿Esos son los libros más antiguos que tiene?
—Comienzos del siglo XVI, pero poquititos, ahora está más difícil conseguir. Aparecen en muy mal estado o de temas que no son interesantes para el cliente, pero antes aparecía un buen libro con un buen tema, una vez al mes por lo menos.

—¿Qué le fascina del libro antiguo?
—Ver la evolución del papel, de las imprentas. Los libros bien cuidados, pueden durar siglos. En cambio, muchos libros posteriores nacieron con el deterioro en su ADN, con papeles pésimos que se empiezan a quemar de afuera hacia adentro.

Por su histórica tienda de Barrio Lastarria han pasado ex Presidentes, políticos, escritores, economistas y jueces, que saben que encontrarán aquí piezas editoriales únicas. Fotografía: Claudio Olivares Medina.

—¿Tiene alguna especialización en la librería?
—No, pero en general son libros de Historia de Chile y Derecho, que es lo que me permitió tener esto. Los jueces me guiaban, me decían  “no me traiga libros de Derecho, estoy aquí aburrido, hasta la coronilla con Derecho, tráigame libros de Neruda, de Portales». Y encontré tan bonito salir a buscar, a investigar, y de ahí no he descansado nunca más.

Fue gente muy, muy amable… es que antes habían ciertos empleados públicos que les encantaba recibir a los vendedores en su escritorio. Luego cuando empecé a trabajar con libros usados, llegaba con libros tentadores, escasos, trabajaba en una distribuidora que se llamaba Duchi, que se dedicaba a libros nuevos y usados, estos últimos de San Diego. Yo agarré esa misma línea y me independicé, hice mi iniciación de actividades y vendí libros en el Servicio de Impuestos Internos, en Codelco.

—¿No le cuesta desprenderse de libros que le costó conseguir?
—No, porque con tantos años también han habido accidentes, hurtos, humedad, entonces uno se vuelve más práctico.

—¿Pero tiene libros en tu casa, así para decir «estos son mis libros»?
—Sí, tengo mi biblioteca, pero nada importante.

—¿Y libros de Santiago en El Cid?
—Sí, bueno, tengo bastantes clientes que me compran sobre el tema de Santiago. Tengo de hecho dos ejemplares del Santiago de siglo en siglo; primeras ediciones de Vicuña Mackenna, libros de fotografía, de lugares, postales. Pero eso lo tengo muy bien guardado y no me ha dado el tiempo para ordenarlo como quisiera.

—¿Cuál cree que es la sensación que tienen los clientes al entrar por primera vez al local?
—La mayoría se maravilla. Les llama la atención. Poca gente critica. Aunque, por salud mental, uno quisiera más orden… pero ahora esto se me fue un poquito de las manos, porque cuando comienzo en una parte y termino, ya está todo nuevamente cambiado… es una librería muy dinámica. Llegué a tener tantos libros, pero en realidad después ya no tenía más bodega. Ahora me detuve y estoy tratando de hacer al revés, de comprar menos y tratar de vender lo que tengo, lo que se compró en buenos tiempos, y también lo que compré de temas que ya he ido dejando y que no trabajo.

—¿Cómo ve la convivencia entre el libro físico y digital?
—Pueden convivir perfectamente. El libro usado es otra experiencia. Como decía Umberto Eco, parte puede ser digital, pero el libro físico sigue siendo fundamental.

—Y si tuviera que elegir solo un libro…
—Hay libros que son bonitos, hermosos, inolvidables, yo no olvido nunca Niebla, de Miguel de Unamuno, que me llamó mucho la atención en mi enseñanza media, y Las Noches Blancas, de Fedor Dostoievski. Los releído en algún momento, pensando que ya no me iban a significar nada, pero al contrario, uno se estremece.