La Unión Chica nació como un negocio familiar y sigue siéndolo 86 años después de su apertura. Hoy lo comanda Wenceslao, Fernando y Diego; hijo, nieto y bisnieto del fundador, don Wenceslao Alvarez Alvarez. Cuatro generaciones que han sabido mantener una identidad inalterable que combina cocina chilena y española, tertulias y un punto de peregrinaje para quienes buscan rastros de la antigua vida cultural santiaguina.
En abril del año 2025, la Corpo del Gobierno de Santiago, en alianza con Los Bares son Patrimonios, entregaron un reconocimiento al Bar La Unión. En el lugar se instaló una placa con código QR donde los visitantes puedan conocer la historia del local.
Son las 4 de la tarde de un caluroso día de verano y la barra del local está llena. Aquí llegan parroquianos y desconocidos que se vuelven conocidos. Todo el mundo se saluda, mientras por la pantalla se transmite un partido de fútbol que nadie está escuchando. Se piden shop, cañas de tinto, borgoñas y la famosa cola de mono con receta de la casa. Son risas y pláticas de hombres de distintas edades, entre ellos el actor Luis Dubó, un habitué del icónico recinto de calle Nueva York.
En una mesa, nos espera don Wenche hijo y Diego. La cita es para contarnos la historia del bar La Unión, cariñosamente conocido como La Unión Chica por encontrarse frente al elegante Club de la Unión.
En medio del bullicio, nos dicen que este no fue el primer lugar del negocio. Wenceslao Alvarez Alvarez, que llegó de España con sus hermanos, partió en 1935 con dos restaurantes: el “Septiembre” y “El Real”. Ambos ubicados al interior de la Galería Alessandri, en calle Huérfanos. Tras un incendio, el fundador se trasladó al Barrio de la Bolsa. En 1940, abrió en Nueva York 9 y en 1970 se cambió a la misma calle en la numeración 11. ¿Por qué? Por la demolición del contiguo Hotel Bidart que se encontraba en la esquina de la Alameda, y del que recuerda don Wence hijo, costó un mundo derribar sus vigas.

Antiguo Hotel Bidart en la esquina de calle Nueva York con la Alameda. Año 1935.
“Comencé a trabajar desde chico, apenas salí del colegio. Le dije a mi papá que no quería estudiar nada más. Partí de abajo, de copero, sanguchero… no me salté ningún cargo” recuerda don Wence hijo, sobre su llegada al negocio en 1956. “Después, en 1973, apenas nueve días después del Golpe, murió mi papá, pero continuamos”.
Poemas y vino tinto
A fines de los ´60 la Unión Chica creció en popularidad. Cruzaron por su puerta, funcionarios públicos, banqueros, políticos e intelectuales. “Se pasaban del Club de la Unión a comerse un sanguchito”, acota don Wence.
Épocas en donde abrían de lunes a lunes y la noche santiaguina vibraba hasta más allá de las diez. “El centro era otra cosa, estaban los cines Metro, el York y el City, había mucho movimiento, de hecho por aquí pasaba la locomoción”, recuerda sobre la hoy peatonalizada calle Nueva York.
No fue sino hasta finales de los años 70 y comienzos de los 80 cuando el bar adquirió su dimensión más mítica: la de punto de reunión de poetas. Algo así como una oficina informal donde artistas pasaban largas jornadas conversando y escribiendo, siempre con un vaso de vino tinto, sentados en la misma la mesa. «Aquí hacían sus tertulias. Llegaban a las 10 de la mañana y se iban cuando cerraba. El primero fue Rolando Cárdenas, al que se le unieron Jorge Teillier y su hermano Iván, Aristóteles España, todos de provincia; además de Stella Díaz Varín, la única mujer”, asegura el dueño del bar. Con los años se sumarían Alvaro Ruiz, Carlos Olivares y Ramón Díaz Eterovic.
Fotografías de Teillier recuerdan esos días. Una de ellas, sirve de ayuda memoria al costado de las mesas en donde se juntaba la llamada “cofradía de los botones negros”, bautizada así por Eduardo “chico” Molina para distinguirse del resto de los parroquianos. Los contertulios hablaban de poesía y de la vida. Y probablemente también de política, exilio y pobreza. “Aturdidos, ciegos vagabundos de la nada: ¿Cómo están mis mejores y únicos amigos? ¿Cesantes como yo? ¿Debo leer avisos económicos? ¿Ir a sentarme al Parque o jugar una fija el domingo?”, se leen en los versos que escribiera Teillier en su poema Nueva York 11. El reconocimiento a su obra vendría después de su muerte, como a tantos otros.

Quien quisiera encontrar al vate Jorge Tellier, lo podía ubicar en la Unión Chica. Aquí se reunía con otros poetas, escritores y también estudiantes admiradores de su obra. Hoy se suman extranjeros que preguntan por la mesa en donde se sentaba.

El poema escrito en 1985 por Teillier en honor a sus amigos y el Bar La Unión. Manuscrito resguardado por la Biblioteca Nacional Digital.
La conexión con este pequeño de bar era tan profunda, que apenas abrían, tenían clientela esperando. De esos tiempos, don Wence recuerda una anécdota: “Una mañana al abrir el local nos encontramos dentro a Aristóteles España. Se había quedado dormido en el baño y pasó toda la noche aquí a puerta cerrada”.
La pandemia y el estallido social marcaron los años más difíciles para el local.Y los de la época de los poetas los más alegres: “Me quedo con el mundo de antes” asegura don Wence, hoy de 90 años.
Cuando le preguntamos por los clientes actuales, Diego y su abuelo comentan que los comensales tienen más de 40, muchos de ellos, hijos de parroquianos que antaño tomaban, comían y jugaban aquí. Y es que en la Unión Chica fueron famosas las partidas de cacho y dominó, algo que aseguran, esperan traer de vuelta. Así como también los días de poesías. Ya el año pasado realizaron una lectura de versos junto a Revista Sin Futuro, lo que esperan repetir con otras actividades cuando celebren los 87 años del bar.
“Mi tata me ha permitido hacer reuniones y lecturas de poesía y ha llegado gente nueva, que viene un poco por la mística de lo que existía. He podido conocer a harta gente que vienen como a un peregrinaje a la Unión Chica, a ver lo máximo que se puede encontrar de un recuerdo de tiempos de poesías que ya no existen” remata Diego, mientras a la barra se siguen sumando personas que jamás se han visto y se ponen a conversar. Y es que aquí no importan ni los nombres ni los apellidos, es simplemente un lugar para pertenecer.
“Hemos tratado de revitalizar lo que era la bohemia. Aquí como se congela un poco el tiempo, tu entras y es como otra época, se mantiene prácticamente intacto. Es importante mantener el legado porque no podemos perder algo tan importante como la Unión Chica”, dice Diego Alvarez, quien conoce el negocio familiar desde niño. “Las primeras veces que venía, eran los sábados. Tenía como 9 años, ahí acompañaba a mi tata al Mercado Central a comprar pollo y pescado”.
Dónde: Calle Nueva York 11, Santiago
Cuándo: De lunes a viernes de 11.00 a 22.00 horas.
Síguelos en Instagram @barlaunionchica
Fotografías de Claudio Olivares Medina. Enero 2026.










