Una “misa” haitiana: Lafwa Kè, la fe del corazón

* Reportaje y fotografías por Loreto Vergara G.

Camino por las solitarias calles del barrio Vivaceta, en Independencia, en busca de una “misa” haitiana en una iglesia pentecostal (en rigor no es misa, se le dice reunión o culto). El frontis es de color amarillo pastel y lo antecede un pequeño jardín con ligustrinas verdes podadas a la perfección. En la entrada me recibe el pastor con una mirada optimista. Seré la única chilena en el lugar. Un mar de haitianos me abre paso por un suelo rojizo. Por ventanales horizontales entra la luz natural cálida que ilumina rostros concentrados y ojos afanosos.

Crédito de foto: Loreto Vergara G.

Me siento en la segunda fila de mujeres al costado izquierdo del salón, donde se ubican las comprometidas. Los hombres casados se colocan al centro de la sala en típicas bancas de madera de iglesia, en ellas apoyan sus bolsos y biblias. Los solteros se sientan a la derecha.

De vez en cuando giro mi cabeza para deleitarme con los detalles de cada atuendo, ternos blancos y vestidos de tonalidad rosa separan el recinto religioso. Zapatos lustrados con esmero, peinados agraciados, accesorios dorados, lentes oscuros. Ni una arruga ni una mancha. La mayoría de las mujeres luce un blanco pañuelo bordado en la cabeza.

Gritan aleluya, cantan himnos en creol, bailan y aplauden las alabanzas, ríen y lloran en comunión. Algo distinto como se les ve en las calles, reprimidos y silenciosos. Sentada y guiada por mi instinto, sigo el ritmo de la ceremonia.

Una mujer robusta y con un pañuelo de polar en su cabeza recauda dinero para la iglesia. Persona  a persona, se pasea con un colador de cocina rojo -el mismo color de su vestuario- en el que caen billetes y monedas. Saco los últimos mil pesos de mi bolsillo y los deposito.

Siempre a mi lado está Nana, una amiga haitiana que me acompaña. Mientras todos oran, el pastor se acerca para saber mi nombre y lo escribe en un papel blanco sobre su biblia. Ya en el escenario, comienza a hablar en español y me alarmo. Sus palabras dan paso a mi presentación frente a decenas de haitianos. Con un impulso me levanto a saludar.

Me siento y observo una mesa al centro de la iglesia con un paño burdeo con un bordado dorado que dice “Jesus pan e ven” (Jesús pan de vino) y una bandeja de plaqué que se llena de manos depositando dinero.

En la imagen Nana posando para la cámara. Crédito de foto: Loreto Vergara

El pastor muestra su majestuosa voz y se pasea de una esquina a otra relatando versículos y textos bíblicos. Sobresale su figura sobre un telón amarillo que cubre el fondo del escenario. 

Múltiples maneras de orar y rezar. Manos que rodean rostros, cuerpos sentados, de rodilla, inclinados, brazos extendidos y levantados, manos juntas, gestos corporales y faciales que responden a un sentimiento, a una búsqueda. El lenguaje no verbal se siente en el lugar.

Frente a todos cantan dos mujeres en un micrófono. “¡Aleluya! ¡Aleluya!”, entonan. Nadie se calla y todos cantan. Finalizan con un amén luego de casi cuarenta minutos de canto. Se me pasan volando las cuatro horas de culto que terminan en un cordial saludo y la entrega de la paz mano en mano a los más cercanos. La multitud se divide, se acoplan los amigos, las familias y las parejas para salir y abandonar la Iglesia Evangélica Renovación en Cristo.

Nana

Cruzamos miradas en varias ocasiones. Soy su vecina y diariamente quedo atrapada al observar sus vestimentas frente a mi casa. Siempre con una biblia en su brazo, su tono de piel es una estrella fugaz en mi rutina hogareña. Así nacen sonrisas y un saludo de cortesía.

Crédito de foto: Loreto Vergara

El negocio de mi padre es el pretexto ideal para consumar nuestra amistad. Separada por una vitrina, logro parlotear con la cliente inmigrante. Me gusta presagiar lo que viene a comprar, escuchar sus descripciones, su castellano en construcción y quedo frustrada cuando se va sin su objetivo de compra por su reducido español o escasez de dinero. 

Dejo atrás la distancia y el temor y me acerco. La casa de dos pisos roja y de madera, envejecida y consumida por el tiempo, es el hogar de mis vecinos haitianos. Toco el timbre, pero como no funciona, golpeo la puerta de madera y a través de unos agujeros me percato de un impresionante patio que desconocía, me sorprendo y presumo que nadie me oye.

Luego de unos minutos, traspaso la casa principal y entro a ese patio de tierra que rodean varias habitaciones simétricas. En los alambres cuelgan prendas húmedas de una esquina a otra, en el suelo hay juguetes estropeados y las paredes rojas están ralladas con tiza de color, vestigio de la inocencia de los niños.

De ojos negros al igual que su pelo dominado, pómulos redondos y convincente sonrisa que adorna su sencillo vestuario, Marie Freda Pardovay o Nana, como le gusta que la llamen, hace algunos meses asiste a una nueva iglesia haitiana a cuadras de su casa.

Mis visitas constantes, mis llamados, los dulces para sus niños, las fotos que les regalé. Esos detalles sirvieron para que Nana renunciara a su miedo de hablarme. Ahí me abrió la puerta y logré adherirme a su intimidad.

Nana me cita a las 8:30 de la mañana para que conozca el mundo religioso que tanto ama y en el cual se refugia estando lejos de su país. Llego puntual y me recibe con un té caliente sin azúcar sobre una mesa redonda, mientras espero que se vista junto a su hija Melissa. Caminamos con frío las tres cuadras que nos separan de la iglesia. Nana con su biblia en creol y yo con una en español que me prestó para comprender el culto.

Lafwa soti nankè (La fe nace del corazón)

Nason Janvier (42 años), el esposo de Nana, llegó hace cinco años a Chile. Después del terremoto en 2010 en Haití todo se complicó y decidió escapar en búsqueda de un mejor futuro para su familia. Sin visa y con mil dólares en el bolsillo, Janvier llegó a destino sin complicación y se estableció en la comuna de Independencia, donde encontró una reducida pieza en una acogedora casa con más inmigrantes que, al igual que él, están lejos de los suyos. Después de un año de altos y bajos, se estableció en Chile, consiguió traer a su hija Melissa (6 años) y a su esposa Nana.

Nanson Javier junto a su biblia. Crédito de foto: Loreto Vergara

Chile es visto como un país donde pueden trabajar y ganar dinero que rinde en su país natal. Nason arrienda una pieza con living, comedor y baño, además de una cocina compartida con las demás habitaciones que completan el terreno en la calle Obispo Carlos San Martin, en Independencia.

“Antes asistíamos a la iglesia que está frente a nuestra casa, pero diferenciaban entre quienes tenían dinero y quienes no, había mucha discriminación. Me causa tristeza esa distinción en la iglesia chilena. A uno lo abrazan como hermano, pero no es un abrazo verdadero, es sin corazón. No me sentí bien. Donde uno se siente bien, vive feliz. Hay personas que van a la iglesia para mantener la plata y la vida mejor en la apariencia, pero no por la verdad, ni para orar al Señor. El Señor tiene buen corazón para todos, para él no hay pobres ni ricos, todos son iguales. Por eso nosotros nos cambiamos de iglesia hasta que encontramos la indicada”, agrega.

Excenor Fontus. Crédito de foto: Loreto Vergara

En la misma comunidad de Nana y Nason, vive Excenor Fontus o Blanco, como le gusta que le llamen. Llegó a Chile hace seis años desde República Dominicana. Chidley, Ester y Rosario son sus tres hijos, los dos primeros dominicanos y la última nacida en Chile hace un año. Rosa es su esposa.

Viven en una pequeña pieza con baño. Distingo una cama de dos plazas con un plumón delgado azulino y un camarote en el que duermen sus hijos. Veo decenas de prendas tiradas en las camas y en el piso. Diminutos y inestables muebles pueblan el lugar y signos del desorden natural que dejan los niños. El baño, sin puerta, se logra ver desde la entrada. Es precario, pero unas sedas rojas adornan el inodoro.

“La mayoría de los chilenos no se abren al diálogo para conocerlos, solo les gusta mirar. Nosotros llevamos seis años aquí y no conocemos a los vecinos, sólo un saludo. Ellos dicen que no les gusta hablar, por eso no tenemos amigos en el barrio. Hay también, mucho chileno amable y nosotros siempre tendremos una buena aceptación hacia ellos”, explica Blanco. “Después de asistir a dos iglesias pentecostales y no sentir ese amor de hermanos, llegué a la indicada. Llevo cuatro años en esta iglesia chilena y salimos a predicar por el sector. Me gusta predicar, soy el único extranjero”, finaliza Blanco.

Crédito de foto: Loreto Vergara
Crédito de foto: Loreto Vergara
Crédito de foto: Loreto Vergara
Crédito de foto: Loreto Vergara

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