De la tierra a la ciudad: Cinco relatos de jóvenes mapuche que se vinieron a estudiar a Santiago

*Por Carolina Millalen

Warriache se denominan a los mapuche que emigran a la ciudad y configuran una identidad propiamente urbana. Este es el caso de los estudiantes que eligen estudiar en Santiago, dejando atrás su vida en medio de la naturaleza por otra en donde abunda el cemento. Como en la warria (ciudad) no tienen familia, viven en internados. En la Región Metropolitana, hay dos hogares para jóvenes de pueblos originarios importantes: Mauricio Bolaños y Relmulikan. A esas residencias, que resultado de las demandas estudiantiles se han convertido en centros de desarrollo socio-cultural, me dirijo para conocer algunas experiencias de migración, que no están exentas de sacrificios, segregación y discriminación. Quiero saber de esta realidad y escuchar la voz de jóvenes mapuches, estudiantes y migrantes.

Un día de otoño doy con la fachada verde turquesa de la casa estudiantil Mauricio Bolaños Luque, que recuerda el nombre de un joven hallado muerto en 2011 a las orillas de un río de la Octava Región. El hogar está en la esquina norponiente de Manuel de Amat con calle Conferencia, en el corazón del antiguo barrio obrero de San Eugenio, al sur de Santiago.

Visito el lugar sin aviso previo y dos jóvenes acceden a conversar. Olga Santana es de Puerto Aysén y Karina Paillalef de Pica. Pese a que las pu ñaña (niñas) provienen de zonas geográficas opuestas, ambas son mapuche. Me cuentan de su küpalme, su origen y linaje -lo que en la cultura occidental se llama apellido- y del tuwün de su familia, su territorio y lugar de origen.

“Mi abuela no quería que me viniera…”

Olga cuenta que su abuela huilliche era de Chiloé y emigró a Puerto Aysén hace varias décadas atrás. “La abuela de mi abuela mantuvo su indumentaria, sus instrumentos y sus medicinas”, recuerda. Sin embargo, esa herencia se perdió por la discriminación. Olga, como cuarta generación, ha comenzado a recuperar esas tradiciones, pero debió salir de su casa a los 14 años para estudiar en un internado en Iquique. Por eso considera que estar en la warria (ciudad) no le ha costado tanto, aunque aun no se adapta al estrés de Santiago.

El padre de Karina llegó desde Puerto Saavedra, Novena Región, hasta Pica, en Tarapacá, donde conoció a su madre. “Nos criamos en otra cultura y en el colegio te enseñaban la lengua aymara”, relata. Olga fue la primera de su familia en dejar la casa: “Mi abuela no quería que me viniera. Fue difícil adaptarme a esta ciudad, el ajetreo, el calor, la micro, la gente mal educada. Es muy diferente a la gente del sur y de región”.

Volver a la Mapu: “salgo a caminar, a tomar aire  y  a tomar agua”

Para estas jóvenes visitar su tierra no es cosa fácil: las estrecheces económicas, las distancias y los tiempos solo permiten que una vez al año puedan dirigirse a las casas de sus familias.

Karina viaja pocas veces al norte porque su universidad se va mucho a paro: “Cuando voy estamos los cinco juntos: mis dos hermanos y mis papás. Yo ya no tengo abuelitos, tengo dos mascotas, tengo una amiga que la considero mi hermana, me quedo en su casa. Me siento en casa realmente, mis cosas, mi pieza, me siento muy bien, lo disfruto, el clima, el ambiente y el tipo de persona que se encuentra allá, la amabilidad”.

Olga viaja a su tierra en invierno y verano por el alto precio del pasaje en avión: “Envidio sanamente a mis compañeros que pueden viajar por el fin de semana, yo no puedo hacer eso. Me da rabia cuando algunos compañeros pueden ir y no van nunca”. Y agrega: “Mi rutina de los primeros días es ir al cementerio. Luego voy a ver a mis amigos,  salgo a caminar, tomar aire  y tomar agua. El agua de allá es mil veces mejor que la Benedictino. Soy muy apegada a mi familia materna, tengo el privilegio de tener a mis dos abuelitos vivos, entonces aprovecho de estar con ellos y mis mascotas”.

El tesoro de Lorena

Otra ex estudiante del hogar Mauricio Bolaños es Lorena Martínez Neculqueo, quien hoy trabaja en la Fiscalía Regional. Nos contactamos por teléfono y nos encontramos en el supermercado El Ombú, en la calle Bascuñán Guerrero.

Al verla, es la misma Lorena que conocí en el Taller de mapudungun de Ignacio Calfucura. A mi mente se viene el alegre recuerdo de una cena estival en que construimos bancas, conseguimos mesones y el chef José Luis Calfucura sorprendió a toda la concurrencia con su ilo kawell o carne de caballo. Qué alegría de verla ahora con su pequeño hijito. Caminamos hacia una plaza, nos sentamos en el pasto, pese a las varias bancas desocupadas. Una brisa más intensa y fría nos recuerda el otoño.

Lorena cuenta que sus padres se conocieron en Cañete y que luego se trasladaron hasta La Ligua. Al tiempo ellos se separaron y junto a su madre se asentaron en Vallenar. Vinieron varios años de vivir temporadas con uno y otro hasta que logró visitar a su Chuchu (abuela materna) en Cañete: “Mi abuelita siempre le decía a mi tía: ojalá que viniera, ojalá me la trajeran y allí yo fui, y desde ese día no he dejado de ir. Siempre voy tres o cuatro veces en el año”.

  Vino desde Iquique a estudiar a Santiago para residir en la casa de su tía y madrina, sin embargo, un problema familiar hizo que buscase un hogar para estudiantes: “Ojalá sea un hogar mapuche (pensé), puedo aprender más cosas”.

“Quizás mi abuelita habla mal”

Lorena, a quien su abuelita siempre le ha enseñado su cultura ancestral, no le contó inmediatamente a ella que estudiaba en un hogar indígena. Tras un año y ya de vacaciones en el sur, le detalló de su nueva casa que compartía con otros jóvenes: “Mi abuelita estaba contenta. Yo le contaba que había harta gente mapuche”.

Algo que sorprendió a Lorena en su estadía en el hogar fue comprobar las variaciones en la pronunciación del mapudungun: “Allá (en Cañete, donde su chuchu) dicen lamuen (o hermana, dicho de una mujer a otra), entonces yo le decía a mi abuelita que acá en el hogar había gente que decía lamgen. Yo a veces me ponía a pensar: quizás mi abuelita habla mal. Acá decían kofke (pan), mi abuelita decía kovke”.

Con sorpresa se dio cuenta que cada vez menos hablaban su lengua: “Mi abuelita me habla, pero pocas cosas le entiendo. Siempre que voy las anoto. Una vez mi tío me dijo que yo tenía que cuidar a mi abuelita porque es un tesoro que tenemos, es la única  que nos queda en la familia que habla mapudungun”.

La piedra del arcoiris

Santiago warria está en rimu (otoño) y también los árboles, las hojas, las pequeñas posas de agua desperdigadas después de varios días de lluvia. A mis manos llega el número telefónico de una de las jóvenes del hogar Relmulikan, que en mapudungun significa piedra de arcoiris, donde residen solamente estudiantes mapuche. La llamo y me invita a asistir, junto a otros invitados, a su asamblea dominical. El apacible jardín y su fachada repleta de murales me recuerdan el gran paisaje del Wallmapu (territorio mapuche).

Mientras conversamos abundan los agasajos: mate, yiwiñkofke (sopaipilla mapuche), pebre con cochayuyo y sabroso folto (pehuén cocido). Hablo con Yoselyn  Huaiquillan, originaria de una familia de piñoneros de la comunidad de Pedregoso, en Lonquimay. Ella es pehuenche y estudió un año becada en Temuco, pero desistió tras las fuertes diferencias culturales con su universidad: “fui criada en el seno de nuestra cultura, llevando las tradiciones de mi familia. Para mí fue súper chocante que me impusieran una religión. Era como que a uno lo encerraran y no permitieran que uno tuviese otras formas de expresar su cultura”.

Ahora es el turno de conversar con la joven soprano María Jesús Catrilef,  estudiante de canto lírico proveniente de una familia marcada por su línea matriarcal. Proveniente de Osorno, su tuwün está en Riachuelos. Su madre cuando joven estudió en Antofagasta, pero la lejanía y la falta de redes la hicieron desertar y no continuar con su carrera. María Jesús considera que los mayores no quieren que los jóvenes pasen por las mismas necesidades que vivieron ellos: “Si bien no se pasa hambre, la gente se burla, te mira feo por cómo andas vestido, por andar con medias de lana, por andar con gorro de lana, por no andar a la moda, porque la gente es superficial. Ellos no quieren que uno pase lo mismo, esperan una mejor calidad de vida para las futuras generaciones”.

Vivir en la warria: entre el desayuno y un “Mari mari”

Yoselyn y María Jesús coinciden en la dificultad de enfrentar el estrés emocional de vivir en la ciudad. Yoselyn cuenta que quedó perpleja con el comportamiento de los santiaguinos: “Nada coincidía con lo que yo vivía a diario. Por ejemplo, en Santiago nadie mira al otro a los ojos”.

Para María Jesús hay grandes diferencias entre su casa y el hogar de estudiantes: “Acá, soy de las primeras que me levanto porque entro tipo 8:30. Tomo desayuno sola. Estuve muchos meses en esa rutina y cuando el año pasado participé en la primera ceremonia con el hogar, nos sentamos todos a la mesa, tomamos mate y comimos sopaipillas. Ese día sentí unas ganas de llorar tremendas. Cuántos días, cuántos meses llevaba sin esa sensación familiar de estar con alguien conocido compartiendo la mañana. Fue un golpe duro de realidad, pues yo ya estoy lejos, ya me fui de la casa ¿Cómo lo enfrento? ¿Cómo hago para que estos momentos se repitan? ¿Es necesario que se repitan?”.

No todo es negativo según Yoselyn. “He conocido gente maravillosa que respeta mi cultura, mi forma de pensar, mi lengua. Me he hecho parte de la comunidad universitaria, pero siendo yo. A diario casi todos mis compañeros me saludan con un “Mari mari” y todos son chilenos, pero me han aprendido a respetar porque saben que me crié de forma diferente y que yo hablo mi lengua”.

Lejos de su tierra, estas jóvenes agradecen a los gnen (espíritus protectores) y no olvidan que son mapuche, pu zomo mapuche (mujeres mapuches) que luchan por recuperar su identidad. “Es cosa de nunca rendirse y no tirarse para abajo”, enfatiza Yoselyn.

Los hogares son una instancia importante de recuperación de la cultura y la  cosmovisión de los pueblos originarios. Son varias décadas y generaciones de jóvenes que han luchado por hacer de los hogares indígenas una instancia de resistencia, encuentro y solidaridad. “Acá nos nutrimos y aprendemos uno del otro. Es bonito el encuentro con otras lamgen que nos enseñan de su territorio y realidad”, concluye la joven.

Al terminar esta crónica me cuentan que el 12 de mayo pasado Fabiola Antiqueo Toro, estudiante de primer año de la carrera de Artes Visuales de la Universidad Católica de Temuco y perteneciente al hogar mapuche Lawen Mapu, recibió el impacto de lacrimógena a las afueras de ese hogar y perdió la visión de su ojo izquierdo. Un carabinero le disparó a mansalva. Le dedico este reportaje a su valiente lucha.

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